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P S I C O L O G Í A     ●    F I L O S O F Í A     ●    E S P I R I T U A L I D A D
P A R A    D E S P E R T A R    L A    C O N C I E N C I A    Q U E    N O S    H A C E    H U M A N O S


La época del conductismo radical

por Tristan A. Shawn

La Edad de Piedra o período Paleolítico, inició hace casi 3 millones de años, con la aparición de herramientas hechas por las primeras bestias subhumanas, y terminó hace sólo 12 mil años, cuando las grandes capas de hielo se retiraron por última vez hacia los polos. Geológicamente hablando, 3 millones de años es una pequeña fracción de tiempo, un segundo en el día de la Tierra. Pero en términos humanos, la Edad de Piedra es un profundo abismo de tiempo –más de 99,5 por ciento de nuestra existencia– en el que iniciamos la civilización apenas ayer.

Durante esta era, el mundo natural determinaba cada uno de nuestros movimientos, conformando nuestro comportamiento y dominando la evolución humana por medio del entorno y las limitaciones en él. La investigación arqueológica ha puesto de manifiesto que estas sociedades, incluidos los actuales cazadores-recolectores que aún permanecen en ciertas partes del mundo, tienden a establecer estructuras sociales igualitarias sin jerarquías.

Una serie de pasos seductores y accidentales, y como los animales de caza silvestre rápidamente se extinguieron, nos condujo a un gran cambio conocido como el Neolítico o "Revolución" de la agricultura, hace entre unos 8 ó 10 mil años. Esto encontró nuevas maneras de aumentar nuestra apuesta evolutiva, mientras que al mismo tiempo influyó y cambió la dinámica social a una forma de vida diferente. En palabras del biólogo Robert Sapolsky:
"Los cazadores-recolectores contaban con miles de fuentes de alimento silvestre para subsistir. La agricultura cambió todo eso, lo que generó una dependencia excesiva de una cuantas fuentes alimenticias domesticadas. [...] La agricultura permitió la acumulación de recursos excedentes y, por tanto, inevitablemente, su acumulación desigual: la estratificación de la sociedad y la invención de las clases. Por lo tanto, promovió el surgimiento de la pobreza."
En comparación con los desarrollos anteriores, la revolución Neolítica sucedió a una velocidad vertiginosa en todos los continentes, llevando rápidamente a la creación de ciudades y pueblos que surgieron en una docena de centros agrícolas. Parece que siguieron manteniendo una vida igualitaria por un tiempo, en la que todos tenían un nivel de vida comparable. La tierra no tenía un propietario o pertenecía a la comunidad. Poco a poco, las diferencias de riqueza y poder se arraigaron más y delimitar la propiedad de la tierra se volvió una parte necesaria de la convivencia.

Hace 3.000 años, las civilizaciones habían surgido en muchos lugares: Mesopotamia, Egipto, India, China, y muchos otros. El primero de todos fue Sumeria, en lo que hoy es conocido como el sur de Irak. En el quinto y cuarto milenio a.C., esta tierra era un delta pantanoso con canales repletos de peces, juncos y bancos de arena cubiertos de palmeras datileras. Los seres humanos emigraron de las capas de suelo agotado en Oriente y crearon nuevas tierras cultivables en lo que pronto sería Sumeria. Pronto las aldeas dispersas se convirtieron en pueblos, y para el año 3.000 a.C., estos pueblos se volvieron ciudades pequeñas. Las comunidades sacerdotales se iniciaron como cooperativas rurales que controlaban la distribución organizada de los alimentos y sus excedentes, acumulándolos. Se convirtieron, en esencia, en las primeras "corporaciones", con funcionarios y empleados, controlando la rentable tarea de administrar las parcelas de Dios.

Con el tiempo, y con la creciente preocupación por sus propios intereses, las corporaciones sacerdotales evolucionaron hasta convertirse en una fuerza de explotación que mostraba los primeros signos del capitalismo. Tenemos que entender que ninguna comunidad, por primitiva que sea, no se puede mantener unida a menos que se reconozcan las normas en cuanto a las relaciones entre sus miembros y se cristalicen en una jurisprudencia o costumbre. El comportamiento "correcto" consiste en no violar ese equilibrio social. Pero una vez que el imperativo económico permea en el colectivo social, como se ve en la cultura sumeria y en muchas otras comunidades pequeñas, evoluciona una nueva forma de comportamiento: una mutación de valores que encuentra su expresión en la competencia motivada por el interés propio dentro de las normas socioeconómicas. En un intento por controlar esas condiciones, un nuevo tipo de ley hecha por el hombre y llamada legislación, surgió para enfrentar los nuevos problemas para los cuales las leyes costumbristas no tenían un remedio específico. Así que se alentó la conformidad por medio del uso de la fuerza y la amenaza.

Con la invención de las ciudades, el riego y las empresas, los sumerios completaron su rango social con reyes hereditarios que forjaron su poder alegando vínculos personales con la divinidad. Para 2.500 a.C., el sistema social estaba en manos de señores y grandes familias. Los pobladores sumerios se volvieron siervos, con una clase permanente de esclavos por debajo de ellos. La demanda ecológica de una población creciente y un mayor gasto económico, sobrepasaron la capacidad de la naturaleza para sostener su agricultura. Y sin ningún intento por detener el desastre, en 2.000 a.C., los escribas reportaban que la tierra se había "vuelto blanca". Todos los cultivos estaban fallando. Este fue el resultado inevitable de un exceso de manipulación de un sistema natural para satisfacer necesidades económicas. En este caso, el desvío de agua para las tierras áridas significaba que los ríos ya no podían lavar la sal de las rocas y la tierra, y llevarlas hasta el mar. El agua se evaporaba y la sal quedaba como residuo. Este efecto, junto con la guerra, la depresión, la inflación y las graves dificultades para la clase baja, provocó que los comerciantes aprovecharan la ausencia de control estatal para convertirse en capitalistas que amasaron fortunas en el declive de Sumeria.

Los siguientes cinco siglos pertenecen a una época oscura de la que poco se sabe. Al cumplir mil años Sumeria llegó a su fin por sus valores ciegos a la vida, un sistema de valores humanos con un sentido artificial carente de relación con las leyes naturales, y las creencias sociales desvinculadas del único gobierno real que siempre ha existido: la ecología de la Tierra de la que depende toda la vida. Una vez que el disminuido capital natural cae por debajo de su capacidad de regenerarse, sin repotenciar la ecología, la sociedad se conduce por el camino inexorable del colapso. Por supuesto, algunas áreas han demostrado ser privilegiadas en este sentido. Entre ellas se encuentra Egipto. Como escribió Herodoto: "Egipto fue un regalo del Nilo, sus campos eran regados y sus suelos renovados cada año por una capa de sedimentos a consecuencia de sus inundaciones". Esto permitía que se mantuviera el mismo campo de cultivo anual sin sufrir una disminución de la capa superior del suelo. A pesar de algunos grandes eventos, Egipto se ha sostenido durante miles de años.

Durante los dos milenios que pasaron desde la caída de Sumeria, surgieron civilizaciones en todo el mundo. Todas ellas marcando "La época del conductismo radical". La civilización, los valores y la ecología muestran rasgos de comportamiento similares al de los sumerios: un crecimiento infeccioso de poder y riqueza en expansión periférica hasta que finalmente se reduce la vida que sostiene. La mayoría de nosotros estamos familiarizados con el declive de Roma, los Mayas, y sobre todo, de la Isla de Pascua. Estas sociedades fueron víctimas de las mismas fuerzas de comportamiento que convirtieron a Sumeria en casi inhabitable. Funcionaban más como un esquema de venta piramidal que requiere de un mayor crecimiento para sostenerse a sí misma, un sistema destinado al fracaso. Fueron, sin embargo, experiencias geográficamente aisladas que tenían la posibilidad y la suerte de poder emigrar de su entorno agotado a un lugar nuevo con mayor capital natural, nueva capacidad de crecer y explotar otra ecología limitada. En la actualidad, los 7 mil millones de habitantes en el mundo carecen de ese consuelo, no existe un espacio virgen en el ecosistema global actual. No dependemos a nivel local, sino a nivel global. El experimento de la civilización global es necesario para tener éxito, o los motores que mantienen en marcha la vida de miles de millones de personas dejarán de funcionar. (Se estima que mil millones sería el número de personas que podrían alimentarse de forma indefinida si fallara la civilización industrializada).

Después de la revolución Neolítica, que mantuvo una población de alrededor de uno o dos millones, la población humana comenzó un constante aumento. Las sociedades localizadas permitieron que continuara el experimento de la civilización, un colapso no afectó a la totalidad. Si empleamos una observación analítica a la tendencia actual de la civilización global, nos surge una imagen muy familiar. A diferencia del pasado, tenemos la capacidad de medir el impacto en la biosfera, que es la más clara representación de la sostenibilidad. Los marcadores ecológicos sugieren que en la década de 1960, los seres humanos utilizaban el 80 por ciento de la producción anual de la naturaleza, para la década de 1980, alcanzamos el umbral del 100 por ciento, en el año 1999 se utilizó el 125 por ciento. Esto no debería ser una sorpresa, ya que nuestro comportamiento actual es típico de las civilizaciones del pasado. No es accidental que combinada con una crisis ambiental, tanto en la actualidad como en tiempos de los sumerios, haya una crisis económica.

Karl Polanyi en su libro La Gran Transformación (escrito en 1944), expuso las devastadoras consecuencias que se producen en el llamado libre mercado auto-regulado. Advirtió que un sistema financiero siempre recae en un capitalismo mafioso, que es una descripción exacta del sistema financiero y político actual. Él entendió que un mercado auto-regulado convierte a los seres humanos y al medio ambiente natural en productos básicos, situación que garantiza la destrucción de la sociedad y el mundo natural.
"La presunción del libre mercado de que la naturaleza y los seres humanos son objetos cuyo valor está determinado por el mercado, permite que sean explotados con fines de lucro hasta el agotamiento o colapso. [...] Una sociedad que no reconoce que la naturaleza y la vida humana tienen una dimensión sagrada y un valor intrínseco más allá del valor monetario, comete un suicidio colectivo. Estas sociedades se canibalizan hasta que mueren. Y esto ya ha comenzado a desarrollarse".
Un paso importante para enfrentar el nuevo paradigma del poder económico mundial es entender cómo se ejerce el control. Sheldon Wolin, un filósofo de la política, explica el nuevo estado de dominio económico dentro de nuestro sistema político y legislativo. En su libro Democracy Inc., etiqueta nuestro sistema como "totalitarismo invertido":
"El totalitarismo invertido, a diferencia del totalitarismo clásico, no gira en torno a un demagogo o líder carismático. Se expresa en el anonimato de un estado corporativo. Se pretende valorar la democracia, el patriotismo, la libertad de prensa, los sistemas parlamentarios y las constituciones, mientras se manipulan y corrompen los mecanismos internos para subvertir y frustrar a las instituciones democráticas. A los candidatos políticos los eligen los ciudadanos por medio del voto popular, pero se rigen por los grupos empresariales de presión en las capitales del Estado, quienes son los autores de las leyes y hacen que los legisladores las aprueben. Los medios de comunicación corporativos controlan casi todo lo que leemos, vemos o escuchamos, e imponen una uniformidad de opinión. La cultura de masas, difundida por las corporaciones, nos distrae con cosas triviales, espectáculos y chismes de la farándula. En los regímenes totalitarios clásicos, como el fascismo nazi o el comunismo soviético, la economía estaba subordinada a la política. Bajo el totalitarismo invertido ocurre lo contrario. La economía domina la política y desde ese dominio surgen las diferentes formas de crueldad."
La humanidad se encuentra ahora en la cúspide de un gran final planetario, caracterizado en la isla de Pascua por cortar los árboles restantes; la construcción frenética de las últimas pirámides por los mayas como ofrenda de santidad para sus dioses; o los romanos en su apogeo por el dominio militar. No podemos sucumbir a la ideología deshumanizante del capitalismo totalitario que amenaza con desaparecer a la especie humana. Trabajar por cambiar el paradigma económico neoclásico es la mejor oportunidad que tenemos para revocar el juego corporativo. Pero por ahora, aprender a capear el colapso que viene podría ser la única victoria posible, y en última instancia, ayudar a que el sistema falle será la única forma de resistencia que valga la pena. Como Aleksandr Herzen dijo hace un siglo: "No es nuestro trabajo salvar a un sistema moribundo, sino reemplazarlo: Creemos que es el remedio, pero es la enfermedad".

El orden global neoliberal está muerto. Y si no implementamos radicalmente los medios para matar el cáncer de la hegemonía monetaria, salvar la biosfera de la que depende toda la vida, y prepararnos para un período sombrío en la historia humana, entonces, como todas las civilizaciones que nos antecedieron, cometemos un suicidio colectivo, pero esta vez la magnitud del desastre empequeñecerá a todas las épocas oscuras del pasado.