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P A R A    D E S P E R T A R    L A    C O N C I E N C I A    Q U E    N O S    H A C E    H U M A N O S


Conciencia: Verdad o Sabiduría (I)

por Christian de Quincey

¡Mis primeros parientes fueron bacterias!

Estaba sentado la tarde de un invierno lluvioso en Irlanda, sólo era un niño de siete años realmente sorprendido por esta revelación. Soñando al mirar por la ventana, me imaginaba el vasto panorama de la evolución: desde sus humildes comienzos, la vida ha crecido, se ha desarrollado y producido todo esto, ¡incluyéndome a mí!

Me recuerdo fascinado con la memoria de ese día. El detonante fue descubrir la entrada para "evolución" en la vieja enciclopedia de mi padre. El dibujo de un dinosaurio me llamó la atención. Yo no sólo era descendiente de mis padres, abuelos, bisabuelos, y así sucesivamente, sino que toda la raza humana había evolucionado a partir de algunos antepasados simiescos, que evolucionaron de mamíferos más primitivos, que evolucionaron de los reptiles, que evolucionaron de los anfibios, que evolucionaron de los peces, que evolucionaron de las medusas, que evolucionaron de grupos de células, hasta llegar a las bacterias unicelulares llamadas "Infusoria"; según describía esa vieja enciclopedia.

Dije esa la palabra en voz alta, disfrutando la onomatopeya "e-v-o-l-u-c-i-ó-n". Me sonó como un gran despliegue, el desenlace de formas ocultas imitadas por la manera en que mi lengua se deslizaba desde lo alto de mi paladar.

Pero hubo otra cosa aún más sorprendente que me impactó. No sólo estaba hipnotizado por las imágenes de las especies descendentes que culminaron en este chico joven que estaba sentado leyendo un gran libro empolvado. De alguna manera, ese estupendo despliegue permitía la posibilidad de mirar atrás y contemplar el proceso de la propia evolución.

De alguna manera, en algún lugar a lo largo del proceso, la evolución se volvió consciente de sí misma. ¿Pero cuándo fue que la mente apareció por primera vez?

Crecí perplejo. No es que esta pregunta apareciera en mis pensamientos todos los días, pero de vez en cuando me gustaba recordar a los dinosaurios y las infusoria, y me preguntaba acerca de la evolución, sobre los sentimientos y pensamientos pulsando en mí y en otras criaturas.

Años más tarde, después de no encontrar respuestas en la ciencia o la religión, consulté los textos filosóficos de Occidente, en particular los relacionados específicamente con las preguntas concretas que no había encontrado: la naturaleza de la mente, la naturaleza de la materia, y cómo se relaciona una con la otra. Volví a la universidad y, con perseverancia y determinación, descifré el código de la jerga filosófica occidental y empecé a comprender lo que los filósofos decían sobre el "problema mente-cuerpo".

Estudié todos los puntos de vista opuestos sobre el problema mente-cuerpo ... pero seguía buscando una respuesta.

Llegué a apreciar y respetar el rigor y la precisión que los filósofos le aplican al lenguaje para analizar y perfeccionar las connotaciones que existen implicadas en suposiciones superficiales. Aprendí a usar las habilidades "quirúrgicas" de la lógica y el análisis para resolver confusiones lingüísticas y conceptuales en torno a las "grandes preguntas". Aprendí a usar y valorar el regalo filosófico del uso de la razón.

En los debates, discusiones y argumentos, utilizaba la razón para deshacerme de pensamientos incautos y "descuidados" sobre la naturaleza de la conciencia y su emergencia desde la materia. Me gustaba intervenir en la refriega académica, buscando "sin piedad" encontrar la verdad. Si los demás estaban desconcertados, acorralados u ofendidos por la nitidez de mi pensamiento filosófico, era un aceptable e incluso necesario precio a pagar por llegar a la verdad.

Con absoluta resolución, analicé todos los puntos de vista relacionados con el problema mente-cuerpo, desenmarañando los desconcertantes nudos conceptuales del dualismo, el materialismo y el idealismo. Y encontré serias fallas en todos ellos. Pero seguía buscando una respuesta.

Poco después de cumplir cuarenta años, me alcanzó el rayo del "eureka" cuando redescubrí la obra de Alfred North Whitehead —uno de los grandes filósofos del siglo XX, quien reconoció la enorme importancia de sentir todos los niveles de la realidad (Process and Reality: An Essay in Cosmology)—. Después de todo este tiempo, la respuesta a mi pregunta de toda la vida "¿Dónde en el gran despliegue de la evolución apareció la conciencia por primera vez?". Fue simple: ¡en ninguna parte! La conciencia siempre estuvo ahí, no importa cuán atrás vayamos en el camino de la evolución. Más allá de los peces y las medusas; más allá de las bacterias y las infusoria; incluso más allá de los químicos orgánicos que produjeron la vida, el ADN y las proteínas; y aún más allá de las moléculas, sus átomos constituyentes, las partículas elementales, quarks o cuanta, o cualesquiera puedan ser los componentes elementales de todo el cosmos de la materia y la energía.

Donde la visión del mundo del dualismo, el materialismo y el idealismo me habían fallado, ahora tenía una historia racional y coherente de la conciencia y la evolución en la visión del mundo llamada panpsiquismo, donde toda la materia posee algún tipo de mente. Ahora podía ver que la conciencia está implícita en Todo.

Visiones del mundo en conflicto
De todas las visiones del mundo que intentan explicar la relación mente-cuerpo, esta era la más polémica y la menos respetada en la academia. Pocos libros o artículos de filosofía le prestaban atención a las ideas de panpsiquismo. Y aquellos que lo mencionaban tendían a considerarlas indignas de una seria reflexión. Comentarios hechos con desprecio como "El panpsiquismo nos pide que creamos que las rocas y los árboles tienen pensamientos", implicaban que aceptáramos que formas tan básicas como la materia pudieran pensar como los seres humanos. "¡Qué absurdo creer que las rocas pudieran escribir sonetos como Shakespeare o ecuaciones como Einstein". Pero esas críticas tergiversaban completamente el panpsiquismo y la conciencia. Sus críticos rara vez o nunca se tomaron la molestia de averiguar por sí mismos lo que Whitehead y otros filósofos panpsiquistas decían en realidad.

Yo sí me tomé la molestia, y me encontré con lo que me parecía ser la posición filosófica más coherente y sensata acerca del problema mente-cuerpo. Y dado a que el panpsiquismo fue tan controversial e incomprendido, tuve problemas añadidos para asegurarme de que yo podía ofrecer una respetable defensa contra los inevitables ataques. El mejor argumento de defensa que llegué a creer —típico de la filosofía académica— es que iba a ser riguroso y despiadado en el ataque. Así que durante años llegué a dominar los puntos de vista opuestos del dualismo, el materialismo y el idealismo. En el fondo, las fallas en cada una de estas visiones del mundo se puede expresar simplemente: Todas requieren de una intervención sobrenatural.

Las visiones del mundo más importantes respecto al problema mente-cuerpo
Dualismo
El punto de vista metafísico en el que la mente y la materia son reales, pero separadas. — Aquí, el problema central es la interacción. El dualismo requiere de un milagro para "explicar" cómo dos sustancias totalmente diferentes y separadas pueden interactuar. Sin embargo, claramente, la mente y el cuerpo interactúan momento a momento en nuestra propia experiencia.

El dualismo no tiene sentido si no podemos explicar cómo el "fantasma entra en la máquina". Se nos pide que aceptemos que un alma o espíritu sobrenatural "de alguna manera" interactúa con el mundo natural de la materia. El dualismo defiende la posición de que la mitad de la realidad es sobrenatural.

Materialismo
La idea de que sólo la materia (o energía física) es real en última instancia. — Aquí, el problema central es la emergencia. El materialismo se enfrenta al problema insuperable de explicar cómo la mente puede surgir de la materia. Se nos pide aceptar no sólo que la mente es completamente natural, sino que también es totalmente física y objetiva, con lo que se ignora por completo la innegable subjetividad de la conciencia.

El materialismo, por lo tanto, también requiere de un milagro para "explicar" cómo mentes sensibles y subjetivas pueden evolucionar o emerger de la materia que es totalmente insensible y objetiva. Para que la mente emerja de la materia y para que la conciencia esté presente en el mundo natural, se requiere de algún tipo de intervención milagrosa. El materialismo defiende la posición paradójica de que todo lo real es natural, físico y objetivo, incluyendo la mente, que es sin duda subjetiva. Pero en un mundo hecho enteramente de materia física objetiva, la aparición de la mente subjetiva no podría suceder de forma natural. Esta emergencia requeriría un inexplicable salto ontológico; un milagro. En un mundo puramente físico, la aparición de la mente sería un acontecimiento sobrenatural.

Idealismo
La idea de que sólo la mente o la conciencia es real. — Aquí, el problema central es el realismo. El idealismo niega que el mundo físico tiene una realidad propia, independiente de la mente que percibe.

El idealismo también requiere de un milagro de un tipo u otro: o de la irrealidad de la realidad física, o de la creación de la materia por el espíritu puro. Se nos pide que creamos o que toda la materia es en última instancia una ilusión (Maya), o que la materia emana de la mente o el espíritu puro. La primera opción deja sin resolver el problema pragmático de la vida en el mundo si no tratamos a la materia como real. La materia nos obliga a reconocer su realidad, a pesar de los reclamos de los idealistas. La segunda opción no es más que el reverso del materialismo: Se nos pide que creamos que la materia física puede evolucionar, emerger o emanar de la mente o el espíritu etéreos.

El idealismo entonces nos invita a rechazar el mundo natural como si no tuviera una realidad sustancial por derecho propio. De acuerdo con esta posición, en última instancia todo es sobrenatural: toda la manifestación física, todo el panorama de la naturaleza, derivan toda su realidad de la mente que lo crea. Lo que llamamos el mundo natural no es más que una apariencia o una ilusión generada por la mente. En el idealismo, la naturaleza no es más que un epifenómeno de la mente.

Panpsiquismo
La idea de que la conciencia y la materia son inseparables, y que ambas se manifiestan en Todo, de modo que incluso las células individuales, moléculas, átomos o electrones, son paquetes de energía sensible. En el panpsiquismo, la materia (o energía) percibe.

El panpsiquismo no requiere de milagros o actos sobrenaturales. Adopta la posición: 1) Tanto la mente como la materia son reales y naturales (ninguna de las dos tiene prioridad ontológica sobre la otra); y 2) Es inconcebible que la subjetividad y la sensibilidad jamás pudieran evolucionar o emerger de la materia-energía totalmente objetiva e insensible. (Asimismo, la objetividad y la física nunca podrían emerger de la mente subjetiva y no-física).
Cuanto más he investigado las diferentes visiones del mundo, más me he convencido de que la única explicación racional para la existencia de la mente y la materia es una forma de panpsiquismo. La naturaleza misma es sensible y eso explica la experiencia de sentido común de un mundo donde tanto la conciencia como la materia-energía son evidentemente reales.

Me encantó responder a los críticos de panpsiquismo señalando los defectos en todas las otras posiciones. Me sentía como un guerrero de la verdad, el defensor de una filosofía de los más débiles y marginados. Un cruzado por la coherencia racional en cualquier intento por resolver el problema mente-cuerpo, que simplemente implicaba: "no se requieren milagros".

Pero yo no sólo era un filósofo: Yo era también, y ante todo, un ser humano. Y sabía muy bien por experiencia propia que el camino a la verdad no sólo se recorre mediante el uso de la razón. Era perfectamente posible que, a pesar de los esfuerzos de la razón, la naturaleza profunda de la realidad eludiera la comprensión racional. Yo sabía que tenía por lo menos tres opciones: 1) La razón puede penetrar en el misterio de la mente-cuerpo (la posición racionalista); 2) La razón no puede comprender ese misterio (la posición llamada misterianismo); ó 3) La sola razón sería insuficiente para resolver el problema mente-cuerpo, pero con el apoyo de otras formas de conocimiento, la conciencia humana de hecho podría penetrar en el misterio (la posición noética).

Sin embargo, como filósofo, creía que tenía el deber de honrar el don de la razón y buscar tan lejos como esto me pudiera llevar.

Había desarrollado la actitud: "Si no respetas las reglas de la lógica y la coherencia racional y te tomas el trabajo y el esfuerzo para descubrir lo que otros han dicho, no tiene sentido que hables de temas filosóficos como la conciencia y el problema mente-cuerpo. Y si lo hiciste, sería compasivo en señalarte las inconsistencias en tu razonamiento, mostrarte los errores en tu pensamiento, y hacerte ver que debes renunciar a tus creencias fracturadas e incoherentes".

Si fuese acusado de ser innecesariamente duro en mis argumentos, me recordaría a mismo y a mis rivales que lo que importaba era la búsqueda de la verdad. Si en el camino hubiésemos tenido que abandonar nuestras preciadas creencias, y eso significaba sentirse disgustado, ansioso o limitado, que así fuera. Estas experiencias deben ser acogidas como etapas valiosas en el proceso de aprendizaje.

Y aunque esta actitud puede haber estado justificada dentro de su propio contexto limitado, a menudo se sentía plana y unidimensional. Había dejado a un lado algo muy valioso acerca de las relaciones humanas.
Segunda parte...