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P S I C O L O G Í A     ●    F I L O S O F Í A     ●    E S P I R I T U A L I D A D
P A R A    D E S P E R T A R    L A    C O N C I E N C I A    Q U E    N O S    H A C E    H U M A N O S


El gran acto de equilibrio

por Guy Finley

Recibo muchas preguntas acerca de cómo lograr un equilibrio adecuado entre los deseos físicos y los espirituales. ¿Cuánto tiempo debe dedicarse a trabajar en una vida interior más elevada en relación a resolver lo que demanda la vida como resultado de estar en este mundo? Para aquellos de ustedes que quieran aprender un poco más desde una perspectiva diferente sobre esta cuestión, he aquí algunos pensamientos a considerar.

La vida, en su más amplio sentido, tanto espiritual como materialmente, es una expresión del eterno ascenso y descenso de un conjunto de fuerzas: "En el principio Dios creó los cielos y la tierra" — la ley de expansión y contracción, luz y oscuridad, ideas de arquetipos ascendentes y descendentes interpuestos en la creación física. Las fuerzas descendentes son las que dan lugar a la creación, ya que "caen" de un nivel a otro, dividiéndose constantemente. Esa es la fuerza de la manifestación, y se mueve de adentro hacia afuera. Eso es lo que esencialmente "hace" en los humanos, que se identifican con su movimiento y —hablando de materia— eligen en lo que esta energía se va a manifestar según los dictados del condicionamiento de su entorno inmediato.

Esta fuerza (junto con la imaginación inconsciente) promete la integración definitiva por medio de lo que es creado subjetivamente. Por supuesto, esta "integración definitiva" es imposible porque la propia fuerza es divisiva, proporcionando sólo una satisfacción temporal en el mejor de los casos. Lo que esto significa es que, por regla, el hombre dormido siempre se identifica con este sentido exteriorizado de sí mismo, y prácticamente no tiene conciencia de su vida interior, y, en consecuencia, tampoco de la fuerza ascendente dentro de sí. (Piensen en el hijo pródigo como expresión de estas dos fuerzas que actúan dentro y sobre uno mismo).

La tarea de la persona que quiere despertar es estar presente en ambas fuerzas a la vez; tiene que ser consciente de su vida interior y de su deseo innato de ascender para volver a casa. Como diría Whitman: "El impulso básico de cada átomo por regresar a su fuente".

Para estar presente de este modo —a esta eterna presencia que se expresa mediante estas dos fuerzas—, nuestra atención debe estar adecuadamente dividida entre el mundo del deseo descendente que siempre quiere ir-hacer-llevar a cabo y manifestar de alguna forma, y el mundo interior que es capaz de ser consciente de este movimiento, y se mantiene presente en sí mismo en vez de quedar atrapado en la sensación de estar identificado con alguna nueva creación.

Así que como podrán ver, no es una cuestión de hacer o dejar de hacer, sino de poner nuestra atención y conciencia dentro de esa presencia que no "trata" de equilibrar nuestra vida de acuerdo a un estado espiritual idealizado, sino que (esta presencia) es el balance creativo perfecto en sí misma.

Uno debe trabajar. Hemos sido creados para crear; pero cuando creamos con la intención de producir algún sentido en relación a la formulación de una identidad propia, creamos en vano y sufrimos las inevitables consecuencias al enfrentar esta verdad.