Trans4mind
P S I C O L O G Í A     ●    F I L O S O F Í A     ●    E S P I R I T U A L I D A D
P A R A    D E S P E R T A R    L A    C O N C I E N C I A    Q U E    N O S    H A C E    H U M A N O S


Hacernos amigos del Ego

por Jo Leonard

Todo comenzó un día fatídico en que una monja, jefa del departamento de teatro en la escuela de niñas en la que estudiaba, me dijo que tenía una cara bonita. Su rostro enrojeció y sus manos se sacudían por el aire como si quisiera espantar las palabras que acababa de decir. "No debería haber dicho eso", balbuceó. "Te puedes volver vanidosa".

Vanidad. Ahí quedó asentada la piedra angular sobre la que he construido, al menos en parte, mi búsqueda de lo Divino. En cualquier nueva enseñanza espiritual a la que me acerqué, busqué información sobre cómo lidiar con mi ego, la casa de la vanidad. Estaba convencida de que si era vanidosa no conocería a Dios. Y quería conocer a Dios, y lo quería mucho.

Hay algunos consejos bíblicos sobre cortarte la mano o arrancarte el ojo si te ofenden. (Estoy segura de que estaban hablando metafóricamente, ¿verdad?) De todos modos, nunca he tenido la tendencia de amputarme alguna de las partes de mi cuerpo, con excepción de mi ego. Estaba dispuesta a quemarlo en la hoguera, segarlo con una guadaña, o hacerlo añicos con un martillo; cualquier cosa para escapar de su control y sus incesantes necesidades. Mi ego me separaba del resto de la vida; solía hacerme sentir necesitada y dolorosamente infeliz.

No tengo un doctorado en Estudios sobre el Ego, si es que existe tal cosa. Soy una simple buscadora de Dios. Sólo puedo compartir mis conocimientos sobre el ego basándome en mis propias experiencias del ego y una mínima cantidad de lecturas de libros a menudo contradictorias.

Se ha escrito que el ego es algo innato y localizado (tal vez) en el cerebro medio. Se dice que define tu sentido de identidad y personalidad. En los bebés se ha observado que no tienen sentido de nada, aparte de sí mismos. Conforme el niño crece y descubre que no es el único niño que existe, también crece la competencia por el reconocimiento y el amor, y comienza la batalla por estar en el centro del escenario. (Hay que tener en cuenta que la timidez también surge del ego, así que no hay manera de esconderte detrás del telón del escenario pensando que has escapado de los embates del ego).

Estas son algunas de las manifestaciones del ego que he observado a lo largo de los años:
  • Tiene que ser reconocido, visto y escuchado (le causa mucha infelicidad cuando no consigue lo que quiere)

  • Parece ser el hogar de los sentimientos de dolor y los agujeros negros

  • Nos puede hacer sentir patéticamente pequeños y necesitados

  • Nos puede hacer sentir falsamente hinchados y hacernos cacarear como un gallo en un corral

  • Es lo que nos separa de los demás

  • Nos impide aprender (¿cómo puede aprender algo alguien que lo sabe todo?)

  • Nos hace temer la pérdida (el miedo es incapacitante)

  • Nos impide ser libres, ser inocentes y amar
Con todo esto que pasa, ¿no sería hora de erradicar el ego de una vez por todas? En realidad, erradicarlo no es posible. Además, a mis muchos años, he aprendido que el ego también tiene algunas características positivas, y estoy aprendiendo a dejarle que haga sus cosas positivas. En mi estado humano de conciencia, mi ego me motiva a levantarme por la mañana, lavarme los dientes y ponerme ropa limpia. Me provee un yo encarnado con un sentido de responsabilidad hacia el trabajo y la vida familiar. Me puede llenar de aspiraciones y disciplina para lograr esos sueños.

Cuando mi ego empieza a sabotearme con la duda, la tensión, la agresividad, la vergüenza, la hipocresía, los celos, la sospecha, o la avaricia, ya no trato de someterlo o amputarlo con una espada que apenas podría alzar. Recuerdo y aprecio que es útil. Lo observo y recuerdo que no es lo esencial de mí. Puedo cambiar de una existencia basada en el ego a una basada en el alma en un abrir y cerrar de ojos con unas técnicas simples; técnicas que comienzan con tomar conciencia de que mi ego se ha vuelto hostil.

La conciencia de mí misma suele ser la solución a cualquier problema. Te das cuenta, por ejemplo, que tu ego ha tomado las riendas y afloja su dominio a la luz resplandeciente de esa conciencia. ¿Cómo te das cuenta? Establece una intención cada mañana: "Tengo la intención de observar a mi ego el día de hoy". Hazlo deliberadamente por tantos días como te tardes en formarte el hábito espiritual de observar el ego. Te preguntas: ¿Quién está haciendo la observación? La parte más elevada de tu ser, tu propia alma, para ser precisos.

Si la observación por sí sola no vierte las aguas tranquilizantes del Espíritu sobre tu ego inflado, estas son algunas técnicas que puedes considerar practicar:
  • En silencio recita una palabra que esté cargada espiritualmente como Om ó Hu. (Hu es un antiguo nombre de Dios. Puedes recitar la palabra que te sea más familiar; Dios, si te parece mejor).

  • Invoca una imagen en tu mente: una hermosa rosa, alguien a quien amas profundamente, o un maestro espiritual. Mira la imagen en tu interior hasta que te encuentres de nuevo en aguas tranquilas y tu ego ya no te esté reclamando a gritos que lo atiendas.
Para que aprendas a usar estas técnicas con facilidad, practica cambiar tu conciencia de lo mundano (vida exterior) a lo sublime (vida interior), varias veces al día en momentos poco estresantes hasta que lo puedas hacer con facilidad en cualquier circunstancia.

El ego puede ser un buen amigo, pero definitivamente no es un buen amigo cuando está fuera de control y reclama a gritos satisfacer sus necesidades. Y definitivamente no es lo que eres. Como una facultad de la mente, el ego sólo conoce sus propios contenidos, no al yo verdadero y sus contenidos. Eres tu ego tanto como lo son tus ojos o tus manos. Eres alma sin límites en cuanto a lo que puedes saber y ser. ¡Sé consecuente con eso!