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P A R A    D E S P E R T A R    L A    C O N C I E N C I A    Q U E    N O S    H A C E    H U M A N O S


¿Por qué el monje no cruzó el río?

Budismo y humor — por Miles Murphy
"¿Qué le dijo un budista al vendedor de un puesto de hot-dogs?"

"Hazme Uno con Todo."
No es frecuente asociar el budismo con el humor. Después de todo, la enseñanza principal del budismo es que existe el sufrimiento, y, a primera vista, el sufrimiento parece ser la antítesis del humor.

El Buda suele ser considerado como el Gran Sanador. El que diagnosticó nuestra condición humana: las enfermedades de nuestro cuerpo y nuestra mente (Samsara), quien descubrió la cura (Nirvana), y el que prescribió la receta (el Noble Óctuple Sendero).

Reír es una buena medicina. Se sabe que reír reduce el nivel de hormonas asociadas con el estrés, fortalece el sistema inmunológico, mitiga el dolor, baja la presión arterial, promueve la relajación muscular... y es un antidepresivo natural.

La risa nos ayuda a transitar por el absurdo de nuestras vidas, para darnos cuenta de la verdad de nuestra existencia a veces caótica, turbulenta y desconcertante, y llegar al meollo de la cuestión. El humor nos enseña que las apariencias engañan y modifica nuestras ideas sobre la naturaleza de la realidad.
Un monje en su camino llega a la orilla de un ancho río. Observando irremediablemente el gran obstáculo frente a él, reflexiona durante horas y horas sobre la forma de cruzar una barrera tan ancha. Justo cuando está por darse por vencido, ve a un gran maestro del otro lado del río. Y el monje le grita: "¡Oh, Maestro!, ¿podría decirme cómo llegar al otro lado del río?" El maestro pondera por un momento, mira hacia arriba y hacia abajo del río, y grita, "Tú ya estás del otro lado del río".
Ver tras la apariencia convencional es esencial para la práctica del Budismo Zen. Desde el punto de vista Zen, ya somos Budas, pero porque la ignorancia ha empañado nuestra visión, hemos olvidado nuestro estado original. Lo que se requiere, entonces, es un gran avance repentino, algo que rompa nuestro estado aletargado de todos los días. Hay innumerables anécdotas acerca de cómo se logra esto. Algunas son muy divertidas:
Un joven monje traía dos plantas sembradas en macetas para el jardín del monasterio, cuando el maestro Zen lo miró. "¡Suéltalo!", le encomendó el maestro. El joven monje depositó suavemente la maceta en el suelo. "¡Suéltalo!", ordenó nuevamente el maestro. El monje bajó la segunda maceta. "¡Que lo sueltes!", le gritó el maestro. El joven monje balbuceó: "Pero no tengo nada más que soltar". "Bien, entonces ya puedes irte", le dijo el viejo maestro, sonriendo.
Maitreya, el Buda del futuro, por lo general es representado como el Buda sonriente, ya que refleja la alegría y prosperidad que está disponible para nosotros a través de la práctica del dharma. El budismo no es un camino severo. Es el camino medio, el camino del equilibrio y la moderación. El humor es una parte esencial del camino que nos dice que no nos tomemos a nosotros mismos demasiado en serio.
El gran cómico Woody Allen se preguntó: "¿Y si todo es una ilusión y nada existe? En ese caso, definitivamente he pagado de más por la alfombra".
Ajahn Brahmavamso Mahathera, nacido en Londres como Peter Betts, monje Theravada de la tradición budista tailandesa de Ajhan Cha, utiliza el humor como una parte esencial de su enseñanza y nos cuenta su historia sobre los "Los dos ladrillos mal puestos".
Después que compramos el terreno de nuestro monasterio, en el año 1983, quedamos en bancarrota. Estábamos en deuda. No teníamos nada construido, ni siquiera un cobertizo. Las primeras semanas no dormíamos en camas, sino sobre puertas viejas que habíamos comprado a bajo precio (no teníamos colchones, por supuesto).

El abad tenía la mejor puerta, la plana. Mi puerta estaba torcida con un considerable agujero al centro, donde habría estado la perilla de la puerta. ¡Yo bromeaba diciendo que ahora no tendría que salir de la cama para ir al baño! La verdad era, sin embargo, que el viento me entraba a través de ese agujero. No dormí mucho durante esas noches.

Éramos monjes pobres que necesitaban edificios. No podíamos darnos el lujo de emplear a un constructor; los materiales ya eran bastante caros. Así que tuve que aprender a construir: a preparar los cimientos, el cemento y los ladrillos, poner un techo y las tuberías; todo. Yo había sido un físico teórico y profesor de escuela en mi vida laica, y no estaba acostumbrado a trabajar con mis manos. Después de unos años, me hice muy hábil en la construcción. Pero cuando empecé era muy difícil.

Puede parecer fácil el colocar un ladrillo: un poco de cemento por debajo, un golpecito por aquí, un poco de toque por ahí. Pero cuando empecé a colocar ladrillos, me encontré conque debía subir una orilla de la pared para nivelarla con el otro extremo.

Como monje, tenía paciencia y todo el tiempo que necesitara. Me aseguré de que todos los ladrillos quedaran perfectos, sin importar cuánto tiempo me llevara. Con el tiempo terminé mi primera pared y retrocedí para admirarla. Entonces me di cuenta, "¡oh, no!"... había fallado con dos ladrillos. Todos los otros estaban muy bien, en línea, pero estos dos habían quedado en ángulo. Se veían terribles. ¡Habían echado a perder toda la pared!...

Para entonces, el cemento estaba demasiado duro como para sacar los ladrillos, así que le pregunté al abad si podía tirar la pared abajo y empezar de nuevo, ya que me daba mucha vergüenza. El abad me dijo que no, que la pared tenía que quedarse como estaba.

Cuando le enseñé a nuestros primeros visitantes nuestro monasterio en construcción, traté de evitar que vieran mi pared de ladrillos. Odiaba que alguien la viera. Entonces un día, unos tres o cuatro meses después de que la terminé, estaba caminando con un visitante y vio la pared. "Esa es una buena pared", comentó.

"Señor", le respondí, sorprendido, "¿se ha dejado los lentes en el coche? ¿No puede ver que esos dos ladrillos echan a perder toda la pared?"

Lo que me respondió cambió mi visión de ese muro, de mí mismo, y de muchos otros aspectos de la vida. Me dijo: "Sí, puedo ver los dos ladrillos que están mal, pero también puedo ver otros 998 que están muy bien puestos".

Me quedé de piedra. Por primera vez en más de tres meses, pude ver los otros ladrillos de la pared, aparte de mis dos errores. Arriba, abajo, a la izquierda y a la derecha, el resto de los ladrillos estaban perfectos. Por otra parte eran muchos, muchos más que los dos que estaban mal. Antes, me centraba exclusivamente en mis dos errores, y estaba ciego a todo lo demás. Por eso no podía soportar ver ese muro o que otros lo pudieran ver. Por eso quería destruirlo.

Ahora la pared no se veía tan mal después de todo. Era, como el visitante había dicho, "un muro de ladrillos bien puestos". Ahí sigue ahora, veinticinco años después, pero he olvidado exactamente donde están esos dos ladrillos. Ya no me empeño en ver mis errores.