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P A R A    D E S P E R T A R    L A    C O N C I E N C I A    Q U E    N O S    H A C E    H U M A N O S


La rueda de la vida (I)

por Peter Shepherd

La verdad que reside dentro de nosotros; independiente de la experiencia externa, el aprendizaje y las opiniones de los demás; es el conocimiento espiritual intuitivo llamado "gnosis". Su origen proviene de una misteriosa Fuente espiritual.

Alcanzar la gnosis ha sido el objetivo de los buscadores espirituales desde tiempos inmemoriales. Han habido "escuelas del misterio" dedicadas a este propósito desde el antiguo Egipto y los pobladores del norte de la India, cuya tradición fue seguida por los primeros filósofos griegos (iniciada por Pitágoras).

Cultos mediterráneos y diversas sociedades paganas en todo el mundo tenían escuelas para que los iniciados aprendieran el conocimiento místico y, al mismo tiempo, le contaban mitos simbólicos a las masas menos interesadas en misterios que no tuvieran una respuesta tangible y preferían escuchar alguna historia que les entretuviera. El cristianismo es un ejemplo. Comenzó como una escuela gnóstica y, finalmente, fue el mito el que se terminó interpretando como la verdadera historia, asumiéndolo literalmente. Así, la gnosis fue olvidada o reprimida.

Técnicas Gnósticas
Las escuelas del misterio practicaban técnicas de "incubación" como las experiencias cercanas a la muerte, de modo que el ego se disolviera, y el buscador se diera cuenta que su vida en cierto modo era una ilusión, un montaje de teatro: "El mundo no es más que un juego y tú quien juega en él".

La quietud practicada en la incubación fue un medio para acercarse lo más posible al mundo de lo divino. Cuando nos "alimentan" con "hechos e información", éstos no tocan nuestras fibras sensibles. Así que tratamos de encontrar otros sustitutos para llenar el vacío que sentimos en el interior. Pero cuando alguien se convertía en un Pitagórico, todo se volvía una cuestión de aprender cada vez menos: surgían más enigmas que respuestas.

Las técnicas estaban dirigidas a entrar en otros estados de conciencia. El énfasis se ponía cada vez menos en la enseñanza del maestro y más en la búsqueda de recursos internos para que el discípulo descubriera sus propias respuestas en su interior. El objetivo era que comprendieran por sí mismos. Este método tenía el poder de transformar a las personas, llevados a un proceso de muerte y renacimiento a lo que se encuentra tras la condición humana: la espiritualidad esencial, una cualidad transpersonal compartida con la conciencia universal.

La enseñanza gnóstica –tal como la podemos encontrar en la literatura más antigua, como la de los Vedas– no es un conjunto de reglas que debemos seguir para ser "buenos". Se trata de descubrir nuestra propia naturaleza esencial, que de hecho es buena, de modo que podamos vivir de forma espontánea. Los gnósticos nos enseñaron que podemos comparar la verdad de nuestra situación con una rueda compuesta por muchos radios y un aro exterior. Cada radio es un individuo. Donde nos conectamos con el borde exterior es nuestro enlace con el mundo físico, ese es nuestro ego. En el centro de la rueda está la Fuente, una cualidad unificada del amor creador. El centro simboliza a Dios padre y el exterior simboliza a la Diosa madre naturaleza.

El Ser Superior
La verdadera naturaleza de nuestra conciencia es una expresión de amor incondicional. Cuando transmitimos amor desde nuestro Ser Superior, cerca del centro de la rueda, a nuestro yo externo en la vida cotidiana, estamos uniendo lo masculino y lo femenino.

Timothy Freke, que lo escribió tan brillantemente en su libro Gnosis in Jesus and the Lost Goddess: The Secret Teachings of the Original Christians, lo resume así: "A pesar de que parecemos ser individuos separados, en realidad, somos expresiones de una imaginación original. Asumimos que somos muchos, pero en realidad somos uno. Y lo que le hacemos al otro nos lo hacemos a nosotros mismos".

La iluminación es reconocer en el centro de la rueda que la separación que experimentamos en el borde es una ilusión, que en esencia todo es Uno... "luz que es uno aunque las lámparas son muchas". La "luz" es el amor. Amor es comprender y tener empatía. El amor es lo que sentimos cuando nos damos cuenta que somos uno-dos personajes separados en el juego de la vida, pero unidos en esencia, compartiendo nuestro espacio. Cuando nos damos cuenta que todo el mundo está conectado a la Fuente, podemos experimentar el amor sin límites, incluido hacia los que parecen sernos hostiles o indiferentes en su apariencia externa.

Timothy Freke dice: "El amor puede ser una sensación maravillosa, pero también significa un sufrimiento voluntario. Cuanto más amamos a los demás, más sufrimos con ellos. Amar requiere valentía. El amor puede ser tosco y dulcemente encantador. Como cualquier padre sabe, podemos amar y sin embargo desaprobar, desafiar e incluso castigar. En efecto, podemos hacer todas estas cosas por amor".

Creo que es importante reconocer los aspectos complementarios pero diferentes de nuestro ser: el Ser Superior espiritual y el ser humano (la personalidad física cuerpo-mente) identificado con e íntimamente involucrado con el juego de la vida. Podemos todos ser Uno en esencia, pero también todos y cada uno de nosotros somos individuos únicos en el plano terrenal.

Cada uno de nosotros participa en el juego de la vida, que podemos comparar con la rueda rodando... en el centro de la rueda uno es indiferenciado en Dios, hacia el centro uno es el Ser Superior, en el enlace con el mundo físico, la llanta de la rueda, uno es Ego, un yo individualizado. En conjunto, debemos abrazar tanto nuestra humanidad como nuestra unión con el espíritu.

El Rol del Ego
De hecho normalmente va más allá de un rol, el implacable torneado y rectificado de la rueda y nuestro contacto íntimo con esta dimensión nos hace olvidar que venimos de la Fuente y al mundo físico en contacto con la rueda lo interpretamos como el causante de todo. Las influencias externas se convierten en pensamiento habitual y uno se vuelve "programado": en gran medida un autómata.

Un aumento en la conciencia en este estado de trance es, de hecho, individuarse. Esto es, darse cuenta de sí mismo y de su rol en el juego; Hacernos conscientes para desarrollar un ego que trascienda la reactividad y se haga responsable de elegir los juegos en los que se involucra: el recorrido que hace la rueda.

La vida es una dualidad: luz y sombra van de la mano, y todos los matices entre ambas. Un enfoque holístico filosófico de la vida integra todos los colores y matices: Dios, el alma, la personalidad cuerpo-mente, la cultura y el Universo, operan como un todo. Un modelo holístico no excluye ninguna de sus partes. La rueda necesita tanto al eje como a la llanta para rodar, y los radios entre ambos.

Por otro lado, una aproximación filosófica a la vida que niega uno de los polos de la dualidad existente –por ejemplo, una visión que sea compulsivamente transpersonal, que rechace lo personal– efectivamente separa. En este caso la dimensión espiritual rechaza al cuerpo-mente y a la vida como un ser humano, como si una necesariamente invalidara a la otra y no se complementaran entre sí. Por lo tanto, a pesar de las apariencias, esto no sería un enfoque iluminado. Ya que ese modelo ignora a la mitad de la vida.

Un error fundamental de la filosofía de la Nueva Era es que anula la función del ego, como si el ego fuera algo malo tenemos que eliminar, en vez de interpretarlo como nuestra identidad personal de cara al mundo, que puede tener puntos débiles y fuertes, y puede desarrollarse. Aunque es muy común en nuestra cultura equiparar al Ego con el egoísmo egotista, producto de un débil y temeroso ego.

Existe una confusión con la palabra "Ego" (palabra que Freud utilizaba para referirse al sí mismo) y el comportamiento de un ego débil "egoísta". Ignorar el papel del Ego es tratar de percibir la vida sólo desde la vista de pájaro, una visión objetiva pero no involucrada, olvidando que tenemos una participación personal en el juego de la vida que es esencial para nuestro proceso de aprendizaje en nuestra experiencia para poder alcanzar el propósito por el que estamos viviendo aquí.

Elevándonos a un mayor grado de conciencia, cuando hemos relajado los miedos y apegos del Ego (es decir, el Ego desarrollado en todo su potencial), vamos reconociendo al Ser Superior, el aspecto de uno mismo que nunca muere o desaparece, pero que está mucho más cerca del centro de la rueda: el vínculo que tenemos con Dios. El Ser Superior no está sujeto a las limitaciones de la conciencia del cerebro y puede aprovechar las redes de conocimiento de la conciencia universal. El Ser Superior también conoce los propios propósitos fundamentales en los que uno se encuentra en plenitud. Sin embargo, el Ser Superior todavía es un ser, aunque plenamente consciente de y abarcando su naturaleza dual como un reflejo de Dios.

Por tanto, incluso después de la muerte, uno sigue siendo una lámpara individual de la conciencia, aunque uno forma parte de la luz de la conciencia universal. Sin las lámparas la luz no brillaría. Así que la propia existencia es una moneda de dos caras: uno es un individuo único y al mismo tiempo forma parte de Todo Lo Que Es. La separación es una ilusión, pero los sueños son ilusiones también. La vida es como una ilusión, pero sin embargo real. Necesitamos esa separación para contar con las identidades necesarias para participar en los juegos de la vida ser-hacer-tener. Pero la separación no es la verdad esencial: el soñador, cuando despierta, resulta ser el punto de vista de Dios.
Segunda parte