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P A R A    D E S P E R T A R    L A    C O N C I E N C I A    Q U E    N O S    H A C E    H U M A N O S


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Trance por consenso




El estado automático puede describirse como “trance por consenso”, donde el hipnotizador es personificado por la cultura. En parte, es un estado de animación suspendida y una incapacidad para funcionar, un aturdimiento, un pasmo; una retirada de la realidad sensorial-instintiva por abstracciones acerca de la realidad.

Volverse “normal”, un miembro aceptado por su cultura, involucra una formación selectiva, el desarrollo de las identidades socialmente aceptadas (“natural”, “devoto”, “cortés”, “cívico”), y la inhibición de las identidades socialmente rechazadas (“malvado”, “criminal”, “delincuente”, “irrespetuoso”). Aunque es posible jugar estos papeles, resulta difícil hacerlo sin haberlos interiorizado. Desde el punto de vista de la cultura, es mejor si su mente cotidiana, la habitual, automatiza la manera en que siente y piensa, para que sea un reflejo de los acuerdos de la cultura respecto a las creencias y los valores. Entonces será aceptado automáticamente. Piense, compórtese y siéntase “normal”, para preservar a la cultura.

La identificación, incorpora la cualidad “¡Este soy yo!”, es el proceso de definirse a sí mismo como un fragmento de todo lo que podría ser. Es fácil que se identifique con sus sensaciones (“Me pica”) y cuerpo (“Soy feo”), sus pensamientos (“Primero lo pienso”) y sentimientos (“Estoy deprimido”), especialmente con su nombre, pero las personas también son capaces de identificarse con cualquier otra cosa. Sus posesiones, los eventos de su pasado, la familia, el trabajo, la comunidad, la víctima en una nota en el periódico, los autos, su país, el planeta, Dios… la lista es interminable. Una amenaza al objeto de identificación, es una amenaza a “mi”, con la correspondiente reactivación del trauma amenaza-supervivencia, que es sentido física y emocionalmente. Usualmente nos identificamos con un serie de roles socialmente definidos, tales como el padre, una persona educada, un buen escucha, un activista de la política, o un pilar de la comunidad. También es común que nos identifiquemos con otras personas, esposas, héroes, modelos ejemplares. Somos condicionados para identificarnos con los roles aprobados por la sociedad, y los valores que estos representan: parte del trance por consenso. Todo parece tan fluido (aunque en realidad nos consume una gran cantidad de energía).

De hecho, requiere de un deliberado control de la atención -lo que Gurdjieff llamó acordarse de uno mismo- el evitar caer automáticamente en la identidad programada por los acuerdos del pasado (forzados o no) de una situación particular. Acordarse de uno mismo, es la capacidad para hacer una pausa, para pensar, para considerar alternativas, la capacidad para decir “No” a un estímulo cuando nos sentimos gobernados por un patrón habitual inconsciente. La manera de lidiar con estos hábitos es hacer una pausa en el tiempo, antes de que comience el drama. Por supuesto, esto es pedir más de lo que la mayoría de las personas son capaces de hacer al calor del momento; pero si reconocemos esta reacción, podremos entender por qué surgió, para así borrarla por completo.

La inseguridad derivada de la creencia de que el universo es un espacio hostil, que somos deficientes y frágiles, hace que la identificación, un escudo aparente en contra del cambio, nos resulte tentadora. Pero la realidad cambia al identificarnos con cosas que establecemos en caso de una pérdida. El cuerpo se enferma, envejece, eventualmente muere. El auto se descompone. Las posesiones se desgastan, o puede que nos las roben. Los recuerdos se desvanecen. Muchas de las cosas y de los roles con los que se identifica, no fueron su elección de todos modos. Fue persuadido y condicionado para identificarse con varios roles, ideas, personas, causas y valores que pueden no haber tenido sentido o estaban en contra de su personalidad esencial, su verdadero ser autodeterminado. La identificación es automática, subconsciente. Gurdjieff la concibió como el hecho de que una de sus múltiples identidades puede firmar un cheque, y todo el resto de usted se ve obligado a pagarlo, aunque no le guste. Quien está obligado a cumplir la promesa, puede que no sea la misma persona que hizo la promesa.

Pero el mayor costo de la identificación es que un sistema condicionado de identidades automáticas disponibles puede ocultar el hecho de que usted no sepa cual es su verdadera identidad, la esencia bajo esas manifestaciones superficiales. ¿Es en realidad su nombre? ¿Sus roles? ¿Sus sentimientos? ¿Su intelecto? ¿Su cuerpo? Usted es mucho más que cualquier cosa con la que se identifique.

Cuando una persona vive una identidad, usualmente no sabe que esta no representa la totalidad de sí mismo; eso es lo terrible del trance por consenso. El rango usual de estados de identidad en los que funcionamos, comúnmente conocidos como personalidad, fue llamada por Gurdjieff “falsa personalidad”, porque las identidades fueron forzados en nosotros en el proceso de culturización, en vez de ser resultado de una elección tomada por uno mismo. El patrón general al que llamamos conciencia, es, por mucho, un trance por consenso, análogo a la sugestión post hipnótica en la hipnosis: cuando aparece el estímulo sugestión-condicionamiento, el comportamiento relacionado, la respuesta condicionada, el “Yo” particular (o sub-personalidad).

No somos una página en blanco en la que la cultura puede escribir lo que le plazca sin que haya consecuencias en nosotros. También tenemos dotes genéticos y espirituales que se manifiestan más en la medida en la que crecemos, de tal forma que podemos preferir caminar en el bosque que hacer deporte; encontrar a Shakespeare aburrido y sin embargo disfrutar de escribir; no encontrarle sentido a la física y a cambio estar fascinado con las matemáticas, o buscar verdades profundas a pesar de ser ridiculizados por otros que creen lo que les han dicho.

La inducción al trance por consenso cuenta con algunos métodos poderosos. En nuestras respuestas de Niño registramos los “haz o no hagas” que nos dijeron nuestros padres, ya que la niñez es un proceso inevitable en el que se conforma el comportamiento y la conciencia del niño para que sea “normal”, con el fin de que encaje en las normas sociales. Esos aspectos de su personalidad fueron invalidados, descuidados, negados y hasta castigados, al extremo de reprimir sus manifestaciones externas. Como un adulto, podrá actuar de forma dócil y servil, hasta tratar de sentirse de esa forma. Podrá considerarse una buena persona, una persona normal. Otros le dirán que es normal, y le aceptarán como un amigo, reforzando y validando su comportamiento. Pero por dentro, parte de su esencia ha sido apabullada. También puede que tenga la sensación de que algo no está bien, que a pesar de todo, debería estar feliz y sin embargo no lo está, o se da cuenta de que hay muchas cosas que le hacen enojar; se preocupa y piensa: ”¿Soy normal? ¿Debería sentir esto?” Algo de su energía se ha perdido para poder mantener el trance por consenso. Este tipo de inducción al trance puede compararse con la hipnosis convencional, sin embargo, una inducción hipnótica ordinaria se realiza por un tiempo limitado, sólo por una o dos horas. Pero en la vida real, sus padres y su cultura empiezan a perfilar su desarrollo desde el momento de su nacimiento, involucrando años de inducciones repetidas y reforzamientos de las inducciones previas. Más allá, la intención, es que sus efectos le duren para toda la vida. Desgraciadamente, hasta la fecha no hay ningún hipnotista cultural que en un momento dado le de la orden de que despierte, no hasta ahora, a ningún precio.

En una sesión convencional, la persona no espera ser engañada, amenazada o lastimada de ninguna manera por el terapeuta, ya que es una relación entre adultos. En el orden cultural, la relación de poder entre el Padre y el Niño se desarrolla en un clima de imposición en el proceso de aprendizaje. Los padres pueden hacer uso de castigos físicos si les es necesario: bofetadas, nalgadas, quitar permisos o confiscar juguetes. Dado que la manera más fácil de actuar, en un contexto aprobado por la cultura, es bajo una sensación de amenaza, el miedo al castigo ayuda a estructurar los procesos internos mentales y emocionales. Los padres pueden usar el amor condicionado y el afecto para manipular; ya sea para intimidar o lograr la conformidad del niño. Cuando el niño establece relaciones sociales con otros adultos y niños (que también actúan como agentes de la cultura), aprende más acerca de cómo debe actuar para ser aceptado. Tan pronto se establecen y se recompensan estas formas de actuar aprobadas, van conformando la estructura de patrones mentales de comportamiento. El miedo al rechazo es un poderoso motivador, porque tenemos un innato instinto social, el deseo de pertenencia, ser normal. A nadie le gusta que los demás piensen mal de él, pero somos invalidados de tantas maneras que podemos construirnos fácilmente un sentimiento de culpa e inferioridad.

Otro factor que le atribuye poder a este proceso, es que el estado mental de un niño está abierto a la sugestión. En nuestro estado cotidiano recibimos estímulos que son asociados de manera automática a conocimientos previos, pero el niño no tiene mayor información para comprenderlos, así que la sugestión opera en un estado disociado, aislado de otros procesos mentales; un estado de sugestión hipnótica.

La falta de lenguaje (que incrementa nuestra habilidad para asociar información) contribuye a la cualidad disociada de la mente del niño. Cuando tratamos de entender como adultos (predominantemente pensadores verbales) nuestro proceso de culturización y condicionamiento, nos es difícil recordar, porque mucho de ello no ha sido almacenado de forma verbal.

Adicionalmente, los niños tienen una profunda confianza en sus padres, de los que ellos son totalmente dependientes. El padre no es consciente del trance cultural en el que él mismo está, y se ve a sí mismo actuando “naturalmente”. Los hábitos mentales, emocionales y físicos de toda una vida son cimentados mientras somos especialmente susceptibles durante la niñez. Los niños tienen la misma cualidad compulsiva que tiene el condicionamiento: es automático. También pueden incluir sugestiones que bloquean la transformación posterior, así como el bloqueo de una hipnosis posterior en ese tema; por ejemplo la resistencia hipnótica que las personas tienen hacia la falta de moral.