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P S I C O L O G Í A     ●    F I L O S O F Í A     ●    E S P I R I T U A L I D A D
P A R A    D E S P E R T A R    L A    C O N C I E N C I A    Q U E    N O S    H A C E    H U M A N O S


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Mecanismos de defensa




El momento de mayor debilidad en este estado condicionado, el momento en el que puede detectar que no todo es como debería de ser, es cuando cambia de una identidad a otra. Pero esto es minimizado o “amortiguado”, por la forma en que las identidades son racionalizadas y estructuradas en conjunto; parte de un arreglo activo de la falsa personalidad que mantiene su organización a pesar de los cambios y el estrés. Los mecanismos de defensa atenúan el impacto que ocurre cuando cambiamos de una sub-personalidad a otra, de tal manera que no notemos las contradicciones en nosotros mismos.

Las prohibiciones de la cultura, al ser interiorizadas, se sienten como la propia conciencia o “superego”. Un fuerte superego nos puede inundar de miedo y ansiedad tan sólo por pensar en algo relacionado a una actividad prohibida, mucho menos el hacerla. Un mecanismo de defensa, al hacer que no nos demos cuenta de la prohibición, previene el ataque del superego; también amortigua el darnos cuenta de las decepciones y amenazas de la vida. No podríamos mantener nuestro trance por consenso sin su efecto amortiguador.

Con cada renuncia a un aspecto de nuestro ser esencial, se toma energía de nuestra esencia que es canalizada hacia el soporte y desarrollo de nuestra personalidad. Lentamente, vamos creando una máscara que es una presentación socialmente aprobada de nosotros mismos, algo que nos hace ser “normales”. Mientras nos identificamos con la máscara, y nos olvidamos que estamos actualizando un rol y nos convertimos en ese rol, la falsa personalidad se hace más poderosa, y la esencia se marchita. Incluso podemos ser capaces de sublimar algunos aspectos de nuestra esencia cuya expresión no es permitida, para conservarla. Sólo unos pocos pueden persistir si la cultura los valora. En muchos aspectos de nuestra esencia perdemos energía, misma que se emplea en mantener la falsa personalidad, la máscara. Esta negación puede destruir nuestras vidas, dado que la esencia es la parte vital en nosotros, la verdadera chispa vital del espíritu. Como la falsa personalidad utiliza eventualmente nuestra energía vital, la luz se desvanece y la vida se mecaniza, a través de un conjunto de hábitos automatizados, moviéndonos como seres inanimados en compañía de una multitud de otros seres inanimados; víctimas automatizadas que refuerzan nuestra depresión y nuestro vacío. Gurdjieff lo planteó de manera tosca al decir que muchas de las personas que vemos caminando por la calle están “muertas”, que no tienen esperanza, ni siquiera el deseo de cambiar.

Para cambiar verdaderamente, la falsa personalidad debe morir. Esto debe ser un proceso de transformación, un habilidoso proceso basado en el conocimiento ganado a partir de un amplio periodo dedicado a la auto observación. Gradualmente el verdadero “Yo”, la esencia, podrá crecer y empezar a utilizar los recursos, el conocimiento y la fuerza, que ahora estarán al servicio de un mayor nivel de conciencia. La posibilidad para el cambio (necesario) hacia un despertar completo, es como morir y renacer.

Jung planteó que la mente inconsciente, la mente de nuestros ancestros primitivos, se hace presente a través de los sueños, estados de ánimo, accidentes y enfermedades. Dado que interactuamos como seres, también existe un “inconsciente grupal”, con sus propias respuestas emocionales. Jung percibió que cada grupo evoca una energía creativa que arrastra al conjunto de forma inconsciente. Sólo a través del proceso de individuación en el que la persona se hace consciente de los mitos y arquetipos expresados a través de sí (la personalidad cultural o estereotipos de comportamiento que inconscientemente deifica, tales como los padres, los símbolos de la razón, la ciencia, la sexualidad, nuestros ancestros, Jesús, y así sucesivamente), es que será capaz de aproximarse a un nivel de verdadera cordura; esto para la Cultura es patológico, lo “normal” es la insensatez. Diferenciarnos a nosotros de los factores colectivos con los que nos identificamos, que están contenidos en el inconsciente colectivo (transmitido genéticamente, por la programación cultural, y tal vez por telepatía o conexiones psíquicas), no es para descartar esos factores, pero sí para volvernos sujetos menos manipulables por las fuerzas del inconsciente.

La experiencia y los sentimientos que pueden ser confrontados y manejados por la mente, pueden entonces resolverse en su entorno; a pesar de la problemática que esto pueda suponer en la práctica; enfrentar un problema, es un desafío de la vida; superar los desafíos que plantea la supervivencia, es el placer de la vida. Es cuando las experiencias se vuelven inmanejables y las emociones son presa del inconsciente -pensamiento hecho por hábitos, reacciones inesperadas o creencias limitantes- que la libertad de la persona y su efectividad quedan hipotecadas; y la vida queda entonces ausente de placeres.