Trans4mind
P S I C O L O G Í A     ●    F I L O S O F Í A     ●    E S P I R I T U A L I D A D
P A R A    D E S P E R T A R    L A    C O N C I E N C I A    Q U E    N O S    H A C E    H U M A N O S


Indice


backnext

El Self Genético




Conceptos de la relativamente nueva ciencia de la etología (el estudio de patrones de conducta en organismos que viven en su entorno natural), sólo hace poco han sido aplicados a la psicología humana; el más popular por Desmond Morris.

Al igual que con los animales, ha quedado claro que los niños tienen mucho apego por sus madres y las madres por sus hijos, no tanto a través del aprendizaje, sino por instinto. Las madres y los bebés no tienen necesidad de aprender a amarse entre sí; están programados innatamente para hacerlo desde el nacimiento. Esta es la más básica de muchas de las expresiones directas de la herencia genética de nuestra especie. Fue Carl Jung quien reconoció por primera vez que existen en los seres humanos algunos arquetipos psicológicos y de comportamiento que, mientras alcanzan expresión única en cada individuo, están al mismo tiempo universalmente presentes en todos los miembros de nuestra raza como cimientos escondidos de la mente consciente y, por tanto, en la raíz de la conducta.

Los arquetipos son entidades biológicas, presentes (en formas relacionadas) en todo el reino animal. Al igual que todas las entidades biológicas, los arquetipos se han desarrollado a través de la selección natural, en parte posiblemente por una manipulación genética, y también a través de un proceso “inteligente” de formación creativa. Por lo tanto, los eventos mentales experimentados por cada individuo están determinados no sólo por su historia personal, sino por la historia colectiva de la especie en su conjunto (biológicamente codificada en el inconsciente colectivo), que se remonta a los tiempos de la evolución primordial.

Cuando cualquier sistema organizado deja de existir -como cuando un átomo se divide, un copo de nieve se derrite, o un animal muere- su campo organizado desaparece de ese lugar; la información en sí misma continúa como una región no-material, que se extiende en el espacio y continúa en el tiempo, influyendo en la materia y la energía en él; pero esta información no es en sí misma sobre la materia, energía, espacio o tiempo. Cada tipo de sistema natural (material, social o mental) tiene su propio tipo de memoria o campo: influencias posibles de patrones de organización que pueden aparecer de nuevo en otras épocas y otros lugares, siempre y cuando la condiciones físicas sean las adecuadas.

El propósito de tales principios organizativos trabaja por medio del ADN en las células vivas, de la misma manera que las máquinas se diseñan, construyen y operan. Así que cuando hablamos de la herencia genética de los rasgos, hablamos de que es el proceso de acceso a la información formativa, compartida por conjuntos y subconjuntos de formas de vida equivalentes, es decir, relativos a patrones universales, planetarios, raciales, de la sociedad, la familia, los padres y personales. El realidad, el ADN es sólo una cristalización básica de estas diferencias, y su rol más sutil es ser la interfase manifiesta entre el organismo, y la mucha y variada información de las influencias del campo (de la misma manera que el cerebro vincula gruesas energías nerviosas con sutiles energías espirituales, como intermediario de la influencia del Ser Superior).

El inconsciente colectivo es una parte de la psique que no le debe su existencia a la experiencia personal. Mientras que el inconsciente personal se construye de experiencias que alguna vez fueron conscientes pero que desaparecieron de la conciencia por haber sido olvidadas o reprimidas. Los contenidos del inconsciente colectivo nunca estuvieron en el consciente: son patrones innatos de acciones potenciales. El bebé nace con un sistema que ya está en funcionamiento para prepararlo para un mundo donde hay agua, luz, aire, sal, carbohidratos, etc. De la misma manera, los padres, esposa, niños, nacimientos y muerte, le son innatos como imágenes virtuales y aptitudes psíquicas. Estas categorías tienen por naturaleza un carácter colectivo: son imágenes de la esposa, padres e hijos en general; en un sentido, son los depósitos de todas nuestras experiencias ancestrales.

Todas las culturas, cualquiera que sea su locación geográfica o era histórica, exhiben un gran número de rasgos sociales que son característicos de un patrón específico de comportamiento humano tal y como ha evolucionado y ha sido transmitido desde lo que originalmente era un pequeño grupo en una pequeña locación. Estos han sido catalogados por antropólogos. No hay cultura humana que se haya conocido, que careciera de leyes de propiedad, herencia y traspaso de propiedades; procedimientos para resolver disputas; reglas para el cortejo, matrimonio, adulterio o la forma de adornarse de las mujeres; tabúes relacionados con la comida y el incesto; ceremonias de iniciación para hombres jóvenes; asociaciones de hombres que excluyen a las mujeres; apuestas; deportes; trabajo en cooperativas; intercambios comerciales; manufactura de armas y herramientas; reglas de etiqueta que prescriben formas de saludar, el uso de nombres personales, visitar, festejar, hospitalidad, regalar, y el comportamiento en los ritos funerarios; diferenciación de estatus en base a una estructura social jerárquica; superstición, creencias en lo sobrenatural; rituales religiosos; conceptos de alma; mitos y leyendas; baile; homicidio; suicidio; homosexualidad; enfermedad mental; interpretación de los sueños; medicina; cirugía y astronomía. La lista podría continuar.

Mientras que Freud había asumido que la mayoría del equipo mental se adquiere individualmente en el transcurso de nuestro crecimiento, Jung aseveró que todas las características psíquicas esenciales que nos distinguen como seres humanos están determinadas por la genética, y están en nosotros desde el nacimiento. Para Jung, el rol esencial de la experiencia humana es desarrollar lo que ya está ahí, para actualizar el potencial que se encuentra latente o inactivo en la propia esencia de la personalidad. Los arquetipos entonces son programas neuro-psíquicos que evolucionan y se transmiten genéticamente, programados para facilitar el repertorio de comportamientos psíquicos de nuestra especie con los que respondemos a las circunstancias ambientales que podamos encontrar. El arquetipo como tal, no es las imágenes, ideas, sentimientos y comportamientos específicos que se manifiestan cuando son activados; es la forma, no el contenido. La predisposición innata debe existir primero, entonces la experiencia personal puede o no actualizar su potencial. Esto es inconsciente (aunque se puede sentir como una necesidad subjetiva representada simbólicamente a través de los sueños) hasta que se manifiesta en la conciencia.

Tomemos, por ejemplo, el arquetipo contra-sexual. Todo el mundo contiene las cualidades del sexo opuesto; no sólo en el sentido físico de los genes contra-sexuales, las hormonas y los vestigios anatómicos; sino también en el ámbito psicológico de las actitudes, sentimientos e ideas. El arquetipo femenino en el hombre se denomina Ánima, y el arquetipo masculino en la mujer es el Ánimus. A través de estos arquetipos, cada persona puede determinar los elementos esenciales de la “Otredad” en el sexo opuesto; los reconoce porque los tiene en sí misma. Cuando un hombre experimenta atracción apasionada por una mujer, es porque ella parece encarnar su Ánima, así que le parece más bella y con más correspondencia espiritual que cualquier otra mujer a su alrededor; a veces hasta puede causar desconcierto en otros que no entienden lo que ve en ella. Este es el fenómeno de la proyección arquetípica, pero sólo pueden saber lo que es quienes han tenido la experiencia de caer irremediablemente en manos del amor. Es algo que uno no escoge hacer, simplemente sucede, nos guste o no. El concepto de insatisfacción es inherente a todo arquetipo: la conciencia interior de una necesidad. El hombre necesita a la mujer, ya sea como madre o pareja, para sentirse completo.

Construido dentro del “programa” humano desde el nacimiento, el aprendizaje (impronta) se desarrolla al inicio de la vida entre la madre y el hijo a través de respuestas positivas, y el potencial de sus respectivos arquetipos se realiza. Así pues, las respuestas en el niño a la presencia de la madre (como la mirada, sonrisas, balbuceos, meneo de sus piernas y risas), liberan los sentimientos paternos de la madre junto con el comportamiento materno, que es a la vez, adecuado y ajustado a las necesidades del bebé (como caricias, besos, palabras tiernas, contactos ojo a ojo, sonrisas, canciones y ¡cosquillas!). La incidencia universal de esas respuestas no deja duda de que son innatas y que han evolucionado como resultado de su valor para la supervivencia de la especie.

Al revisar la evolución de las pautas de comportamiento, encontramos que somos territoriales por naturaleza, inclinados a tener pareja de por vida, potencialmente cooperativos con los aliados y hostiles con los enemigos, con tendencia a congregarnos en comunidades organizadas jerárquicamente, y así sucesivamente; de la misma manera que otras especies de primates y mamíferos. Anteriormente, un obstáculo importante para la aceptación de este punto de vista, había sido la dificultad para imaginar de que manera pudieron haber sido codificadas en el genoma (la constitución genética del individuo) las instrucciones detalladas, o “programa”, necesarias para la organización y expresión de patrones de conducta instintiva, y que estén disponibles para su uso en las circunstancias adecuadas. El problema conceptual ya no existe, desde que comprendimos el increíble potencial de la programación en las computadoras (el ADN actuando como el código de la máquina). Sin embargo, la transmisión de datos (de información e instrucciones), involucra más que medios genéticos, como veremos más adelante.

Cuando se le pregunta qué es lo que motiva tener apego el uno con el otro, entre ella y su bebé, la mayoría de las madres responden que es el “amor”, y que su necesidad evidente, entusiasmo y cuidado, desarrollan ese amor. El amor penetra la relación. Para muchas mujeres esos momentos son los más felices de su vida. El amor es la experiencia subjetiva de todas las interacciones madre-hijo, indicando su origen, moldeando su naturaleza y complejidad, y sosteniendo el vínculo aun cuando no haya interacciones, y ambas partes estén separadas en espacio y tiempo. Esta es la misteriosa experiencia que dos amantes comparten entre sí, independientemente de su edad o sexo, y que produce una profunda recompensa subjetiva. Esta cualidad, por encima de otras, ilustra el elemento “espiritual” de la experiencia, que no puede limitarse a los patrones de comportamiento innatos y el contexto en el que se expresan.

El momento en el que se forma la díada madre-hijo, Eros es invocado; amamos la vida tanto como amor hubo en nuestro primer gran idilio. Es por amor que se desarrolla la conciencia del yo, la auto afirmación y la identidad personal. El conocimiento y la seguridad en el mundo están basadas en la relación amorosa, al que los sistemas de comportamiento innato contribuyen con las conexiones.

El vínculo madre-hijo se forjó a través de un procedimiento de mutua constelación arquetípica en un nivel inconsciente en el que cada participante constituye el campo perceptual responsable de invocar el arquetipo en el otro. Inicialmente existe una plena participación mística entre el niño y su madre -una conciencia compartida- a partir de la cual emerge gradualmente la experiencia diferenciada del Self en el niño, mientras el programa de bio-supervivencia toma posesión.

Todos los atributos que más tarde forman la psicología de un individuo único, están prefigurados en el Self, y el ego (la condición previa necesaria para la percepción de la propia identidad personal) no es una excepción. El sistema total arquetípico -lo que Jung denominó el “Self”- ha programado dentro de sí el escenario completo para la vida individual. ¿Pero quién vive esta vida? El Self tiene un programa incorporado (a la vez que se desarrolla la corteza del cerebro) con el que el “ego” se desarrolla desde dentro para convertirse en testigo y la cara personal hacia el mundo.

¿Pero qué activa los programas arquetípicos? Las circunstancias externas provocarán la excitación del arquetipo (varios arquetipos disponibles en las diferentes etapas del ciclo de la vida humana), pero la decisión por actualizarlo (es decir, de manifestar su potencial y trascender a un nivel más alto del arquetipo) y la energía que estimula el cerebro para la implicación paratélica, provienen del Ser Superior; el darse cuenta de darse cuenta, el impasible impulsor, el experimentador, el amante, que es el verdadero heredero de esa entidad genética que es el Self.

El bebé recién nacido es el Self, que trae en su seno las semillas de los atributos que más tarde desarrollará a través de las etapas de maduración (incluyendo los cuatro primeros programas y el potencial para más). Con la maduración, el ego desarrolla una experiencia de independencia subjetiva del Self, -de hecho, puede considerar que es el “Self” y que el cuerpo y sus sentimientos inexplicables están separados de él- una desconexión subjetiva que se ha descrito anteriormente como la “división cuerpo-mente”. Pero en realidad (al menos de forma inconsciente) el ego permanece íntimamente relacionado con el Self. Este es el eje Ego-Self.

Este diagrama representa el desarrollo del eje Ego-Self (la línea perpendicular). Al principio, el ego existe sólo en potencia como un componente del Self. Mientras procede el desarrollo desde este primer programa de bio-supervivencia a través de los programas emocional-territorial, semántico y socio-sexual, el ego se diferencia gradualmente del Self, conectado por el eje Ego-Self, que es el vínculo vital que sostiene la integridad de la personalidad. El quinto elemento ilustra la división cuerpo-mente, donde el ego ha perdido contacto de sus raíces físicas y el eje se desintegra.

En cierto sentido, el Self es al ego lo que el padre es al niño; también se parece a la relación que existe entre Dios y el hombre propuesta por las grandes religiones del mundo; el ego es el representante del Self en la realidad externa, y el Self es el vehículo del Self Superior en la tierra.

El recién nacido no hace ninguna distinción entre “adentro” y “afuera”, entre su madre y él. La conciencia todavía no ha aparecido para perturbar el gozo a través del conflicto. Mientras tanto se produce el crecimiento del eje ego-Self, la unidad original indiferenciada se deja atrás “en el paraíso” y, progresivamente, se establece un encuentro con un mundo que es como una esfera de tensiones. El Self, como núcleo central de coordinación de toda la psique, instiga y controla la aparición del ego desarrollado, y en este proceso, toda la futura integridad de la personalidad se mantiene o cae.

El que las cosas no vaya mal, depende en gran medida de la presencia y la respuesta adecuada de la madre, como base estable para el desarrollo normal del eje ego-Self. Es la relación primaria, la base del bio-programa de supervivencia, la columna vertebral de la futura individualidad y autonomía. Poco a poco, con la aparición de la conciencia del ego en el niño, las funciones de la madre de cuidar, alimentar y proteger, pierden sus características anónimas y se “personifican” como atributos de “Mamá”. A partir de esta base segura de vínculos, el niño comienza a explorar, a investigar su entorno y, a continuación, por supuesto, la influencia de su padre aparece para dar soporte.