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El Padre




Es hasta después, con el crecimiento de la conciencia del ego y la formación de los apegos con ambos padres, que el arquetipo de los padres se diferencia en sus polos paterno y materno.

En los mitos, leyendas y sueños, el arquetipo del padre se personifica con el Mayor, el Rey, el Padre en el Cielo. Él es la encarnación del principio de Logos; su palabra es ley. Como Defensor de la Fe y del Reino, él es el guardián del estatus quo y el bastión en contra de los enemigos. Sus atributos son la actividad y la penetración, diferenciación y juicio, fecundidad y destrucción.

Es a través de la relación padre-hijo que emerge la conciencia de género. Poco a poco, el niño reemplaza su identidad-materna, cuando se da cuenta que el vínculo con el padre está basado en equivalencias (“Yo y papá, somos uno”). Esta transformación es crucial si el niño está llevando a cabo su potencial masculino. La niña distingue que su vínculo con el padre se basa en la diferencia. El padre constituye, tanto espiritual como sexualmente, su primera experiencia profunda de la “otredad de los hombres”, lo que confirma su feminidad.

La influencia del padre en el desarrollo de sus hijos se extiende mucho más allá de la cuestión de la identidad sexual y las relaciones. En la mayoría de las sociedades, actúa como puente entre la vida familiar y la vida de la sociedad en general, en contraste con el papel más expresivo de las madres, preocupado por el hogar y la familia. Él alienta el desarrollo de las habilidades necesarias para el éxito en la adaptación adulta, mientras que al mismo tiempo comunica a los niños los valores y costumbres que prevalecen en el sistema social.

Mientras que el arquetipo de la madre se encuentra fuera del tiempo y domina el ámbito de los sentimientos, instintos y el inconsciente; el Padre se refiere a hechos ocurridos en el mundo tangible, en el contexto del espacio y del tiempo. Eventos en los que hay acercamiento, controlados y modificados a través de la conciencia y el uso de la voluntad.

No es sólo que la actitud del padre ante el trabajo, progreso social, comportamiento, disciplina, política y la ley, condicionen el desarrollo de las actitudes de sus hijos, sino que constela para ellos todo el potencial extrovertido del mundo como un lugar-para-ser-conocido-y-vivir-en-él. Esto fomenta la autonomía necesaria (eje ego-Self), para una vida eficaz; el segundo programa, emocional-territorial se registra de acuerdo a las experiencias del niño como “atreverse a asomar la cabeza” en cuestiones de dominio y voluntad.

Por su parte, la función expresiva de la madre sigue prestando apoyo emocional para permitirle al niño salir y encontrarse con los desafíos de la vida, con el programa seguro de bio-supervivencia operando en su lugar. Aunque en la práctica estas funciones pueden ser más flexibles, arquetípicamente el amor de la madre es incondicional; el amor del padre tiene que ser ganado a través de logros. Con el apoyo de ambos, el niño desarrolla un ego seguro que se concibe a sí mismo como aceptable para los otros y capaz de hacer frente a las eventualidades de vida. Los buenos padres facilitan los intentos por explorar el entorno y para actualizar al Self; dos aspectos de una misma cosa, y ambas requieren agresividad. Los niños que no han sido dominados, son naturalmente asertivos; juegan libremente y sus juegos y fantasías son de ser más grandes, fuertes y eficaces. En la medida en la que han establecido confianza con una base segura, pueden mantener un equilibrio entre su deseo de ser libres (exploración), y su deseo de ser amados (apego).

Por otra parte, los padres autoritarios tienden a tener un efecto “tóxico”, no sólo por aplicar demasiada coacción y amor insuficiente, sino a través de su habitual hostilidad a dos atributos fundamentales de la maduración del Self, la sexualidad y la agresividad. Como consecuencia, el individuo está bloqueada en la realización de gran parte de su potencial emocional, sexual y cognitivo. En aras de una vida tranquila -o segura-, desarrolla una falsa persona que está moldeada por las demandas y expectativas de los padres, y no por las necesidades del Self.

La distorsión paterna de su arquetipo (como ausencia, apatía, dependencia, dominancia, etc.) puede dar lugar a ansiedad; los individuos inseguros se presentan a sí mismos como “faltos de confianza”, “tímidos”, “ineptos” e “incapaces de afrontar”. Suelen tener dificultades para formar y mantener relaciones duraderas; parecen demasiado inmaduros y dependientes, y tienen incertidumbres sexuales. Bajo condiciones de estrés, son propensos a desarrollar síntomas neuróticos, como ansiedad persistente, depresión, fenómenos obsesivos compulsivos y fobias. Las fallas principales de los primeros años, subyacen la neurosis secundaria y los problemas que surgen en los años posteriores.

El niño frustrado arquetípico, usualmente se siente obligado a controlar su enojo e inhibir su expresión. El resentimiento (inconsciente en gran parte) que esto induce, tiende a persistir hasta la edad adulta como un “chip en el brazo”. La hostilidad que no pudo expresarse se desplaza hacia cualquier otro grupo (por ejemplo, los jefes, los sindicatos, los indígenas) o hacia alguien a quien percibe más débil (por ejemplo, la esposa, el hijo, el empleado). Como dice John Bowlby: “El individuo es propenso a hacer en otros lo que le han hecho a él; el adulto amenazante, es el niño amenazado que se hizo mayor”. Los anhelos del inconsciente por amar se muestran de forma aberrante en un comportamiento por provocar atención (por ejemplo, amenazas de suicidio, marcharse, dar lástima por enfermedad o infortunio).

Los padres, al ser humanos y no dioses, son, por su propia naturaleza, imperfectos e incompletos; todo a lo que cualquier padre puede aspirar en realidad, es a ser “suficientemente bueno” para proporcionar la llave que abre la cerradura arquetípica, y al hacerlo, influir profundamente en las perspectivas del niño. Como nosotros mismos descubrimos cuando crecemos, los niños siempre esperan más de nosotros de lo que podemos darles, y cuando los decepcionamos, salen y buscan lo que quieren en otra parte. Como dijo Oscar Wilde: “Los niños comienzan por amar a sus padres; según crecen los juzgan; a veces los perdonan”. Sería cruel e ingrato, si no fuera que cada generación paga lo que le debe a la última, dando a la siguiente. Cualquiera que sea el potencial arquetípico que como padres fallemos de activar en nuestro hijo, persiste en potencia y debe seguir buscando actualizarse en la realidad. Existe el peligro -aunque esa persona tratara de eludir la actualización de los arquetipos innatos a fin de lograr lo que parecería ser una mayor libertad- de que la represión de un arquetipo que aun no se ha alcanzado se manifieste a través de sueños de infortunio, enfermedades y depresión. La trascendencia de los arquetipos, que se vuelven más que humanos, no es posible hasta que los arquetipos existentes se han actualizado. Un conflicto en contra de la psique colectiva de la raza humana (expresado a través de arquetipos) es demasiado grande para que una persona lo pueda enfrentar. El camino a la transpersonal es a través de la personal.

Los tiempos están cambiando para nuestra especie y debemos ponernos al día o perecer. Las mujeres están siendo cada vez más libres de hacer importantes contribuciones a nuestra sociedad y descubrir nuevas posibilidades dentro de sí mismas que llegan mucho más allá de su función reproductora. Pero es imperativo que esta nueva expansión de la mujer tenga en cuenta la esencia de su arquetipo femenino y no busque alcanzar la realización imitando a los hombres. La mujer que niega o evita su naturaleza femenina para convertirse en un casi-hombre, termina por perjudicar su eje ego-Self; una herida infligida a sí misma que provoca esterilidad en la psique, no menor a la del plano físico; ya que corre el riesgo de enajenarse de sus propios recursos inherentes y del sentido de su vida. Los arquetipos son los decretos de la naturaleza; los desobedecemos a nuestra cuenta y riesgo.

El declive contemporáneo de la posición del padre ha coincidido con un movimiento en contra de lo autoritario entre los jóvenes, que se manifiesta con una hostilidad generalizada hacia los valores patriarcales tradicionales consagrados por milenios en nuestra cultura judeocristiana. Lo que ha sido rechazado en este caso, son los aspectos del Padre y el arquetipo Masculino que se refieren al mantenimiento de la ley y el orden; disciplina y autocontrol; moralidad y responsabilidad; coraje y patriotismo; lealtad y obligación; el ejercicio de la autoridad y el dominio; todos los cuales han sido cuestionados severamente en las últimas dos décadas por ser contrarios a la libertad individual y la creatividad. Si se manifiestan de forma neurótica, lo son.

Sin embargo, un arquetipo no puede ser extirpado del Self y eliminado como si fuera una extremidad amputada. Si es rechazado por una actitud negativa consciente, vuelve al inconsciente sólo para retornar en forma de subversiones antisociales. Los componentes arquetípicos existen porque la selección natural los ha puesto ahí; sin ellos ninguna población puede esperar sobrevivir. La única forma en que podemos evolucionar es a través de sobrevivir de manera más eficaz, a través de poner al día las lecciones del pasado y construir desde ahí, haciendo avances en las formas de vida que beneficien a la mayoría y creen felicidad duradera por generaciones, y sean, por lo tanto, codificados en la línea genética.

En ausencia de una instrucción paterna directa en la vida práctica, y por la pérdida de una tradición paterna confiable, los individuos se orientan por referencia a los otros, trasladando a sus grupos de amigos su significado contemporáneo, con sus gestos infantiles de envidia, rivalidad y tendencias “dirigidas por otros”.

El estado desempeña cada vez más los roles paternos de protector y proveedor, sin estimular el desarrollo de la autonomía individual y autosuficiencia, y sin enseñar el factor económico de que todas las cosas, ya sean lujos o necesidades, deben ganarse. Esto ocasiona una clase de adolescencia colectiva estancada.

Normalmente, encontramos dos formas de perturbación sexual en los hombres inmaduros: homosexualidad y promiscuidad. En el caso de la homosexualidad, el libido heterosexual permanece atado con la madre, que en realidad es el único objeto amado; con el resultado de que el sexo no puede experimentarse con otra mujer. Por lo general, esos hombres carecen de masculinidad y la buscan simbólicamente en sus parejas masculinas. En la promiscuidad, la imagen de la madre se busca en todas las mujeres, de modo que cada vez que el hombre se fascina por una mujer, descubre inevitablemente, después de haber tenido relaciones sexuales con ella, que ella no es más que un simple ser humano. Por lo que se aleja, para proyectar la imagen de nuevo en una mujer después de otra. No ha madurado lo suficiente como para reconocer su propia masculinidad, ni en reconocer el arquetipo femenino en sí mismo, que todavía no se ha actualizado en una relación de forma apropiada. Ambos pueden haber sido influidos por una madre dominante o posesiva, o un padre distante.

Es necesario un desprendimiento del apego con la madre antes de buscar una pareja y haber registrado el cuarto programa (socio-sexual). Para el adolescente común, la aterradora “otredad” de la mujer sexual, es su aspecto “nunca visto antes”, tanto físicamente como en la naturaleza sexual de su feminidad, pero sin embargo, no es lo suficientemente valiente para penetrar en ella, “conocerla” a ella. La masculinidad emergente del niño se presenta de forma imperativa para que conquiste el miedo en torno a su madre (cuya sexualidad femenina es tabú) y busque la sexualidad femenina que ansía en una mujer receptiva que todavía no ha encontrado en el mundo exterior. Ahora está arquetípicamente preparado para el encuentro con su compañera; su iniciación de la niñez a la edad adulta. Mientras el arquetipo de la madre decae, igual que el Ánima, crece un arquetipo vinculado en secuencia del núcleo femenino; bajo esta influencia comienza la búsqueda del alma gemela.