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P A R A    D E S P E R T A R    L A    C O N C I E N C I A    Q U E    N O S    H A C E    H U M A N O S


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El enemigo arquetípico




Basado en la moral del Antiguo Testamento, el mandamiento cristiano “amaos los unos a los otros” se relacionó con reprimir las cualidades en nuestra naturaleza que se consideraba eran opuestas al amor espiritual: sexo y agresión. Más allá, la división de la Divinidad en dos principios moralmente opuestos -lo Divino y lo Satánico- se convirtió en una norma cultural que necesitaba una dicotomía. La histórica división entre el bien y el mal encarnó en el Self dividido, la represión de la “maldad” en nosotros, la Sombra.

Estamos programados para distinguir entre el bien y el mal, un enemigo de un amigo y un extraño de un familiar. Todas las comunidades humanas reflejan una impresionante coincidencia sobre los tipos de comportamiento que deben incluirse en cada categoría. El tabú del incesto, por ejemplo, al parecer es un fenómeno universal en las comunidades humanas, como lo son las ideas de que hay una diferencia fundamental entre el asesinato y matar en la guerra; que los padres están obligados para con sus hijos; que no está bien aprovecharse de la propiedad de su vecino o de su esposa, y así sucesivamente.

La culpa actúa como un poderoso incentivo para el mantenimiento de la cohesión social; además, las prohibiciones morales ocuparon su lugar en la esfera de lo sagrado. Santificadas por la religión, establecieron su autoridad absoluta y un aumento del sentido de remordimiento experimentado por los pecadores que se atrevieran a romperlas. Los Diez Mandamientos no sólo describen las principales características del superego Judeocristiano, sino también, cuando se interpretan en un sentido amplio, son una buena aproximación a la sensibilidad moral de la humanidad. Nuestros padres activaron este sistema y le dieron forma al superego a la luz de su propia educación, creencias religiosas y normas morales.

Como una defensa contra la catástrofe del abandono, el superego se establece como centro de vigilancia, cuya función es supervisar nuestro comportamiento a fin de garantizar una relativa conformidad con los valores de la cultura en la que nacimos. El precio que pagamos por contar con superego, es una grave pérdida de la libertad del Self, ya que este vigilante “censor” del pre-consciente, interfiere las líneas de comunicación interna a lo largo del eje ego-Self, y corta los cables cuando escucha algo que considera peligroso o subversivo; también se asegura de que se reactiven las memorias que infunden miedo y culpa.

La propensión por los actos crueles, obscenos y brutales, está en todos nosotros; que no suela ser evidente en la sociedad “educada” se debe a la supervisión del superego cultural instalado, que insiste en que se mantengan ocultos y bajo control, encerrados en el inconsciente: la Sombra. Sin embargo sabemos que está ahí, y el temor de que pueda “aparecer” de alguna manera es uno de los más antiguos temores que acechan a la humanidad. Al cerrar el vínculo con el Self, las cualidades opuestas de bondad, decencia y compasión, también innatas del Self, no se pueden realizar. El miedo a la sombra del Self se identifica con el miedo al Self.

A pesar de sus desventajas, el superego juega un papel necesario en la persona no integrada y dependiente del entorno. Parece que existe una instrucción arquetípica para “aprender normas”. Así, cada niño nace con el supuesto incorporado de que su comunidad no sólo posee un idioma que debe aprender rápidamente, sino también un sistema interrelacionado de creencias y valores que debe adquirir y cumplir. El éxito y la continuidad de cualquier sociedad depende de la disposición de los nuevos miembros para aprender las reglas. La alternativa social es la anarquía y la incapacidad colectiva para competir o defenderse. Si las sociedades fallan en codificase a sí mismas de manera eficiente, o pierden la fe en sus doctrinas, se enfrentan a graves peligros. Añadido a la tensión social que genera este conflicto, los padres ya no saben cómo criar a sus hijos, y sus hijos, a su vez, dejan de realizar el potencial espiritual y ético del Self. La barbarie, resultado de la desintegración cultural, surge desde dentro, ya que el abandono de los valores civilizados nos expone cada vez más a ser poseídos por los peores elementos de la Sombra. El bárbaro toma el poder, impulsado por la pasión centrada en el ego y la codicia.

El bárbaro es aquel cuyo superego no ha podido madurar; no ha “aprendido las normas”, porque su “cultura” tiene pocas reglas que aprender, y en consecuencia, las distinciones morales no le conciernen. Su personalidad se mantiene sin polaridad entre Persona y Sombra. Para este hombre, la integración de la Sombra -el comienzo de la verdadera responsabilidad moral- no le es posible, porque él es su Sombra y no cuenta con un punto de vista consciente (objetivo) desde el cual integrarla. Para que uno resuelva la relación con la Sombra, es necesaria una orientación consciente con una firme base ética, de lo contrario el Dr. Jekyll se convierte en Mr. Hyde. Por esta razón, los que trabajan en sí mismos con Psicología Transformacional, están obligados a hacerse la promesa de que bajo ninguna circunstancia van a adoptar una identidad insensata, herirse a sí mismos o atacar a otros, es decir, permitir que los impulsos primarios del Id se manifiesten sin censura. A esto se le llama “cerrar las escotillas”, para que cuando las racionalizaciones secundarias y los mecanismos de defensa sean desalojados, los impulsos primarios, esencia de la sombra, se pongan de manifiesto. Ver a través de los mecanismos de defensa (proyección, culpabilidad, racionalización, intelectualización, represión y negación), y entender que se han adoptado como “soluciones seguras”, es más de la mitad de la batalla ganada en tomar conciencia de la Sombra y descargar el poder de sus postulados primitivos.

Si fuera correcta la visión romántica del hombre como fundamentalmente bueno, pacífica criatura, podríamos ostentar las normas de nuestra cultura con impunidad, cerrar los tribunales, las cárceles, despedir a los policías y a los políticos, disolver las fuerzas armadas, compartir todos nuestras pertenencias equitativamente entre nosotros y crear el Paraíso Terrenal. De hecho, este maravilloso sueño no es posible de realizar porque los arquetipos lo evitan. Las fantasías utópicas sólo trajeron beneficios a la humanidad cuando los responsables de la aplicación de los ideales políticos respetaron las necesidades arquetípicas de aquellos para quienes legislaron. La búsqueda de la Utopía por una sóla mente, resulta en una completa represión del Self y el triunfo de la Sombra.

Por ejemplo, los socialistas visionarios siempre han tratado de imponerle a las sociedades que se supriman las jerarquías dominantes; invariablemente sus esfuerzos han dado como resultado la creación de una burocracia dominada por un partido con una jerarquía rígida y mucho más conservadora que la del sistema social que sustituyeron, y todo en nombre de una ideología por la igualdad. En Rusia, Europa del Este, China, Vietnam, Camboya, la historia ha sido la misma. El objetivo de la organización social jerárquica (civilización) es, a pesar de las apariencias contrarias, que nos evite la letal competencia de la ley de la selva; los demonios de la anarquía, el desorden y la desintegración del grupo. Lo que importa, después de todo, no es que seamos agresivos, xenófobos, sexuales, jerárquicos y territoriales, sino la actitud que adoptamos en relación a estos aspectos incorporados en nuestra naturaleza. Es la orientación ética la que cuenta.

Sin embargo, para ser ético, uno debe ser consciente, y la conciencia significa darse cuenta de las cosas como realmente son. El conflicto es producto de la dualidad. Dado a que la dualidad existe en toda la naturaleza, las posibilidades de conflicto así como las oportunidades para la paz, son infinitas. Disonancia y armonía, oposición y concordancia, equilibrio y desequilibrio, son concebibles sólo por la existencia de polaridad. La destrucción, como la creación, surgen de la yuxtaposición de las fuerzas de oposición, y estas oposiciones son tan fundamentales para la estructura de nuestro universo que la conciencia y la vida misma serían inconcebible sin ellas. Privados de las coordenadas -por encima y por debajo, izquierda y derecha, adelante y atrás, pasado y futuro- ¿quién podría orientarse en el espacio y el tiempo? ¿de qué otra manera el alma humana podría llegar a ser encarnada?

Aceptar la maldad en uno mismo, es la primera e indispensable etapa para comprender la conciencia del Self, porque es la condición necesaria para que un individuo se haga responsable de los acontecimientos de su vida y rinda cuentas por lo que proyecta sobre los demás. El darse cuenta de la Sombra, significa sufrir la tensión entre el bien y el mal con plena conciencia, sufrir la culpa y, a través de ese sufrimiento, participar de la culpa de la humanidad. Si uno puede aguantar la tensión psíquica que generan los opuestos, puede trascender el problema; el bien se reconcilia con el mal y sigue una nueva síntesis entre la Persona y la Sombra, y entre el ego y el Self.

Libre del superego determinado-por-otro y del sistema de creencias dependientes del entorno, la razón y la lógica determinan la libertad ética. Además, cuando la razón y la lógica son libres en vez de estar limitadas, la psique puede trascenderlas, ya que no ve ningún problema en la percepción simultánea de incompatibilidades. Como afirman las grandes disciplinas espirituales de Oriente, la sabiduría se encuentra en un profundo darse cuenta de la contradicción que existe en todas las cosas, incluidos nosotros mismos; que son dos caras de la misma moneda y que detrás de la apariencia de cada dicotomía existe una unidad: Cuerpo y Mente, Persona y Sombra, Ser Superior y Ser Verdadero.